Especial “Three Flavours Cornetto Trilogy: Hot Fuzz"




En un mundo que aún arrastra el antiguo mito moderno de la “originalidad” como principal valor de la obra de arte, Edgar Wright y Simon Pegg regresan para ofrecernos Hot Fuzz, una película de policías cuyo principal mérito -según sus escritores- es el contener literalmente todos los clichés del género. Y siendo el cliché uno de los peores síntomas que invalidan a una obra de adquirir la preciosa “calidad artística” por atentar directamente contra la originalidad y rendirse a los estándares impuestos por la producción serializada impulsada por el mercado, dejándola caída a su condición de mera entretención (que vendría a ser algo así como el último círculo del infierno en que podría caer una obra), es un gesto no menor y rezo porque sea un indicio hacia una valoración distinta del cine -y del arte en general- cuyo principio más elemental descanse en la honestidad y el cariño con que se trabaje.


Con el ingenio y el corazón que ya se respiraba en Shaun of the Dead, Hot Fuzz es la segunda de esta entrega y probablemente la mejor de la trilogía. Todo comienza cuando un sobrecalificado policía, Nicholas Angel, es promovido y trasladado al aparentemente idílico pueblito de Sandford porque al parecer sus impecables habilidades delataban la mediocridad de las de el resto de sus compañeros, pero con lo que no contaba es que el pueblo alberga un oscuro secreto que, por supuesto, es revelado ante la tenaz mirada de Angel (Simon Pegg). Revelación que obliga a los chicos buenos que son Angel y su compañero Danny (Nick Frost), a hacer cosas malas en aras por restaurar el orden y la autoridad que había sido usurpada, según dicen, por el bien común.


A parte de Pegg y Frost, reaparecen Martin -te quiero- Freeman y  Bill Nighy, además de los cameos a Peter Jackson (como el ladrón vestido de Santa que apuñala a Angel) y a Cate Blanchett (como la ex del mismo), con su correspondiente dosis de sangre y helados por supuesto. Con literales referencias a Leon The Professional, y otras no tanto a Suspiria del gran Dario Argento, es una película que ofrece lo mejor de cada uno, especialmente de Simon Pegg, cuya personificación de Angel trasciende la genialidad. El solitario, autosuficiente y adicto al trabajo Nicholas Angel encuentra en tierno, ingenuo y ñoño Danny no sólo un compañero, sino el amigo que tanto necesita, ese que lo ayuda a desconectarse por momentos del deber, que lo introduce en el mundo del pub, la cerveza y las películas de policías.

  

Al final, una película que me hace inmensamente feliz, impecablemente hecha, en resumen, una película que ¡HAY QUE VER!



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