Howl, Before it was cool



 Allen Ginsberg y su Howl están muy lejos de mi generación, lamentablemente, tamaña necesidad por decir en voz alta lo que solo nos decimos a nosotros mismos, “de romper la muralla entre lo que se dice a la musa y lo que se confiesa a los amigos más cercanos o al propio ego” como lo reconoce el propio Ginsberg en la interpretación que de él hace James Franco en esta película Howl, requiere de un nivel de compromiso con la obra, con el público y con uno mismo que muy escasamente vemos.

Howl es una película con sus pros y sus contras, entre sus virtudes están el dejar planteada esta tesis respecto del autor, resumida en que la honestidad sobre lo íntimo es lo único que nos permite trascender personas y tiempos, de modo que la obra encuentre, 100 años después dice Ginsberg, alguien que comprenda la sensibilidad en ella contenida (este es el único camino a la universalidad). Una tesis que bien podrían aprender algunos de los artistas locales, en especial mis colegas cineastas quienes, en un intento por llenarse de laureles europeos terminan haciendo películas que cubren un molde previamente concebido en el primer mundo provocando tímidas y casi nulas respuestas en el público local, esto, claro está, porque el chileno común y corriente está lejos de compartir esta sensibilidad contemplativa e inmóvil en un país donde –con todas las comillas que gusten- aún se lucha.

La sinceridad y el ser transparentes a nosotros mismos no es una reflexión exclusiva de artistas como Ginsberg, Heidegger ya lo anunciaba, y antes que él Sócrates, en la pluma de Platón,  se preguntaba por cómo la propia experiencia nos permite descifrar obras más antiguas que nosotros. Es una tesis muy larga que no podríamos resolver aquí, así es que daré un salto para hablar del otro aspecto de Howl, como película.
Trabajar sobre un personaje tan fuerte como Allen Ginsberg no es una apuesta muy arriesgada, por decirlo de algún modo, pues sabemos que en última instancia siempre tendrá su público aunque se trate mayormente de jóvenes acomodados que se sienten atraídos por el extraño desgarro que transmite el poema (desgarro que no son capaces de encontrar en sus propias vidas). Es como creer que con la tecnología y los recursos con los que cuenta el cine hoy, El Señor de los Anillos podría quedar mal, y no quiero con esto desmerecer el trabajo el corazón puesto en estas películas –como podríamos pasar por alto el trabajo de esos obreros que armaron a mano las mallas de metal de las armaduras del ejército de Sauron- sino decir que se trata de un plus inicial.

Pero así como uno espera que una película sobre El Señor de los Anillos sea épica y l-e-g-e-n-d-a-r-i-a, asimismo se espera que una película sobre Allen Ginsberg sea una salida de madre, un romper con algún tipo de estructura. Y aunque en esta película se mezclan las entrevistas, las lecturas poéticas, los recuerdos y el juicio contra el libro, así como también el blanco y negro, la animación y la película, sentí en más de alguna ocasión que la fuerza de las palabras de Ginsberg y de las imágenes que evoca este Howl trataron de ser contenidas por un formato que añade violines para sobredramatizar un texto que debería dejarse correr por sí solo, sobretodo porque el señor Franco hace lo suyo colocándose en la piel y en la voz de Ginsberg. Y es recurso muy gringo es acompañado de una animación que no está del todo mal, pero que se contiene si se le compara con lo explosivo del texto y uno se queda esperando un climax animado que nunca llega.



De cualquier modo es una peli que hay que ver, una de esas que te hace picar los pies y querer salir a cambiar las cosas.  



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