Shame: La vergüenza es entre dos


Shame es una película con alto contenido sexual, pero no es una película sobre sexo, ni siquiera es una película sobre la adicción al sexo, que es lo que padece Brandon (Michael Fassbender), su protagonista. Es una película sobre la intimidad (sin ser intimista), o la falta de ella, sobre el sentirse arrinconado, sobre el no poder ser uno mismo, sobre la familia y el hogar. También es una película para ver a solas, porque nos habla a cada uno individualmente, a nuestro ser sujetos, sujetos a.

¿Cómo se puede utilizar un recurso tan explosivo como el sexo para contar un drama familiar? Pues como lo hace McQueen; utilizándolo como dispositivo, y es justamente esto lo que hace a Shame una buena película, el ser capaz de resignificar todo un alfabeto visual en pos de otra cosa: el problema no es que Brandon y su hermanita Sizzy (Carey Mulligan) no sepan amar, el problema es que tampoco saben ser amados. Sizzy es una aspirante a artista que se acuesta con tipos después de 20 minutos, con la creencia que alguno de ellos en algún momento, la querrá de vuelta. Y Brandon parece que ni se molesta en intentarlo, de hecho la única vez que lo vemos tener una conexión más allá con una mujer, pierde literalmente su erección.

Y es cierto que no es ni será la única película que utilizará el sexo para contarnos del vacío de sus personajes, tenemos en ese campo a Bret Easton Ellis y su Psicópata Americano, pero ese relato más que contar el vacío de Patrick Bateman, nos habla del dolor de pertenecer a una clase en donde eres tan invisible y ficticio como el dinero. Shame es otra cosa, es la historia de la inestabilidad de un hogar por omisión (we´re not bad people, we just come from a bad place” le dice Sizzy a su hermano, pero no es existe mayor referencia a este nido más allá de saber que está en New Jersey), y de la imposibilidad de constituir uno nuevo.


A pesar de lo explicito de la imagen, vemos muy poco de sus personajes, salvo por la angustia, claro. Al contrario, parece que mientras más sexo hay, más perdemos a Brandon. La rutina de Brandon termina con el arribo de Sizzy, quien le obliga a enfrentarse con la vergüenza (porque nuestros actos solo nos parecen vergonzosos cuando nos amenaza el juicio ajeno), y lo arrincona en su propia casa, es por eso que desde aquí en adelante Brandon iniciará una serie de caminatas por la ciudad, en un intento por escapar de su hermana y de sí mismo. Al final, ambos ven a la ciudad con los mismos ojos; como una posibilidad de empezar de cero, de ser siempre nuevos (una mentalidad muy moderna que viene cruzando los dramas urbanos desde Chaplin), y en este sentido tiene un poco del Mago de Oz, pero diría que más bien el mago de oz a los David Lynch, con personajes perdidos e incomprendidos, de hecho hay en Sizzy mucho de Dorothy Vallens (Blue Velvet) y de Betty Elms (Mullholand Dr), en especial por aquella escena en que Sizzy interpreta una melancólica pero sentida versión de New York New YorK, la misma escena en que vemos a Brandon derramar su primera lágrima.



Con la crisis del final, podemos entender que Sizzy seguirá siendo lo que es para su hermano, una carga, aunque es posible creer que sea una carga que él termina por querer, pero respecto a Brandon la pregunta queda abierta, ¿seguirá o no con su rutina? ¿Aceptará o no la invitación de la extraña del metro? Me gustaría ser ilusa y creer que no, pero no creo que sea una película sobre la redención. 



 

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